Huracán

Que llevo las ganas, que llevo las ganas.

Icaromenipo, ya estás en los aires, dispuesto a la vida. Seguirás lejos, sí, no lo dudo. Pero es porque encontraste respuestas en este tiempo, la del lenguaje de las aves, del vuelo a través del espacio.

Existe. Conoces la luz de los confines del universo, de las figuras intergalácticas. La historia de un punto de encuentro en el Mediterráneo, de los cuerpos livianos que elevados emigran de sus lugares. “Lo esencialmente oculto se arroja a la luz, sin llegar a ser significación. No la nada, sino aquello que aún no es”.

La espalda, las frutillas. Alegría.

Adiós, lugar. Adiós, gracias por tu tiempo.

América, que camina descalza.

Homeless

Me alimento de café con leche y tostadas. No está mal, pienso. Acá afuera hay huracanes y está bien que así sea. Faltan los refugios. Los huracanes andan hasta por los subterráneos. Demasiado viento, todo lo envuelve. Pinta el paisaje porque es transparente.

Sin hogar, por las calles. Algo debe haber, entre las butacas, bajo los árboles, sobre el cielo, en estos pasajes. Siempre lo he creído, sobre todo en estos días que despierto junto al nogal y las figuras de papel que aprendí a hacer. Porvenir más allá del porvenir. La tarea espera, vive esperando. Homeless señala esta lógica. Se vive todo el tiempo con el cielo abierto sobre la cabeza. Y no sabemos dónde termina el cielo. Se indaga a través de semillas, las mejores semillas del vivero.

Quién lo diría: tranquilidad inquietante; estoicismo frutal, frágil. A la cineraria nadie le echa agua. Ni siquiera la lluvia cayó en su macetero. La fui a visitar en la noche. Estaba decaída. Coloqué un poco de agua que traía entre mis manos. A la mañana, en mi visita matinal, sus hojas, suaves como la felpa, brillaban nuevamente. Hablaba y hablaba en su lenguaje, difícil para mí. Imposible para mí.

Como el lenguaje de este lugar, homeless de las redes virtuales, pero que, a diferencia de otras veces, ha adquirido aromas. Debe ser el ocultamiento que no deja escapar los perfumes por los orificios del exponerse. Quizás también tengo aromas dentro de mí. No los puedo descubrir por mi cuenta. Vivo cotidianamente con ellos, estoy acostumbrado. Si es que existen estos aromas, claro está.

¿Será ese el motivo de las calles, de la ciudad, del río? ¿La búsqueda del aroma? ¿De la región inexplorada? Será necesario salir del hogar, respirar, caminar. Las galerías de Providencia, las peluquerías, la comida autoservicio, el bazar. Esos pasillos que suben y bajan y, de un modo u otro, se encuentran. Es entretenido caminar por ahí.

Un homeless le dijo a otro

Cineteca

Debajo del proyector de los fotogramas subterráneos creí que yo también tenía algo que proyectar. Oculto debajo de la tierra, una luz salía de mi interior, extendida como un río y transformada, por ello, en río subterráneo.

Atento a la pantalla, descubriendo en el cine lo que Polífemo recitaba al canto. Películas nocturnas, antiguas y anacrónicas. Una sala pequeña para almas solitarias. Las multitudes creen ser iluminadas por los fuegos artificiales. En tales circunstancias, es mejor mirar sus rostros de colores. En la cineteca, en cambio, el transito de la luz no tiene retorno. Cada fotograma es efímero, apenas perceptible. Se lanza hacia el telón, lo ilumina, dibuja sobre él. Pero la luz, los rayos de luz, están presionando. No mueren en aquello que los detiene ¿Cuáles serán sus límites? Creo que por algo soy capaz de distinguir, aunque sea de forma palpitante, los destellos de un quásar.

Con el cine tiendo a la sonrisa, a la alegría. Como se podría imaginar, es una cierta morada. Una morada en el exilio, en el insilio. Una casa sin paredes, sin techo, ni puertas. Un lugar abierto a las bienvenidas, abierto a lo que Kropotkin llamaba la mecánica celeste.

O puede ser que con el cine se tiende al llanto, a la tristeza. Aún así, se celebra la exaltación de las pasiones a través de lo sencillo. Se está bien en el malestar. Se mimetiza en aquello que no es de nadie.

Ante todo, se celebra. Lo importante de la vida no es la condición en la que se está, sino más bien las sensaciones con las que se vive. Lo segundo debería ser capaz de configurar lo primero, extrapolarse, excederse, para transformar, destruir, estrellar. No estoy muy seguro. Quizás necesito 10 años para vivir con aquella verdad. Por el momento me es familiar y ando caminando, justamente, a causa de esa idea. Otra vez el problema del ritmo: omite la condición actual, y eso no es fácil de aceptar. Qué más da. Mi cabeza se fue como la luz del proyector, sin retorno. Vivo como un fotograma perdido en el espacio. Mi cuerpo es una mecánica celeste difícil de traducir.

Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution (Jean-Luc Godard, 1965) [Alphaville, ciudad situada en otro planeta]

Utopía

El ritmo particular, absurdo para quien lo observa. Extraño, misterioso, dudoso. No se puede esperar. Y no se puede esperar nada de los demás. Suponer es una mala idea. Aparecer creyendo que la visita es bienvenida es equivocarse de todas formas. La imaginación se extiende, cuando en realidad debería ser inmanente. Es lo más cómodo. Nada debería salir de su estructura: el amor sólo tiene que ser certidumbre, la amistad tiene que ser sólo hechos, la lucha social se figura como muestra de lo revolucionario que se es. Me niego. Creo que hay abismos, distancias, profundidades: en la duda se puede amar, la amistad se construye con las distancias de los caminos de cada cual, la lucha social se impregna en el día a día. La militancia sólo es libertad responsable. Libertad absoluta para todas las regiones de la vida, del mundo, del espacio exterior. Salvador Seguí lo dijo: el anarquismo no es realizable. Es una constante tarea por hacer. La transformación del espacio, de las relaciones. Entregarse a las invitaciones de la vida porque no existen verdades absolutas. Porque detestamos los dogmas muertos. El hombre, la mujer, es ingobernable. Pero eso es otro tema.

En la utopía vive la pasión. Es la exigencia del cuerpo, de la mente, del espíritu. Bella empresa que toma tiempo. Y toma tiempo, no puede ser de otra forma. Lo reconoce a uno pequeño, sobre todo cuando se está en un mal lugar.

Interesarse es persistir. Detenerse para reafirmar. Caminar y observar ¿Será ese el problema del ritmo? Irremediablemente, ese ritmo te aleja. Te envía a regiones inhóspitas del espacio sideral, de lo difuso y lo confuso. Riesgo que correr, peligro que afrontar. Nada que hacer. Difícil cambiar lo que el viento modeló. Porque es natural, porque no es forzamiento.

Resignarse en los restoranes de Carlos Antúnez. No. Afuera está el cielo, el canto de pájaro inubicable. Las canciones y los ríos. Las ideas y la historia del pájaro asido a su fuga. La vida que se construye día a día, y se construye porque la esperanza es activa. Es persistencia.

Ciudad Marítima

Música de planeador. Música de planeador porque anda silencioso por el cielo: el ritmo del viento, dibujado como cimas a través del aire, es suficiente para avanzar.

No hay ruido de motor. El motor no es necesario. El impulso es suficiente, aunque no se sepa muy bien de dónde comenzó. No hay radio, en aquellas regiones del cielo el abandono de las ondas es abismante.

Planeador. Planeador porque anda silencioso. Planeador porque las plantas también crecen silenciosas. Calladas, mudas, miran al sol. Se estiran, inventan ramas, se expanden. Nunca emiten ningún ruido. Hablan, sí, pero con colores, señales.

Diría que se mueven por culpa del viento. Se me puede corregir: también afirman sus raíces para conseguir agua, agua de vertiente, transparente, de río subterráneo. Agua profunda que brota. Pero pienso, entonces, en las plantas del mar, de los ríos, de los lagos. En los corales, en los árboles que crecen adentro del agua, en las algas que, desprendidas de su origen, terminan, solitarias y mezcladas, en las orillas de los canales. Esas plantas están rodeadas de agua. Quizás afirman sus raíces en busca de aire. Y son agitadas por las corrientes del mar.

¿Se desesperarán en el espacio exterior?

El problema, nuevamente, es que el planeador, a pesar de todo esto, no siguió su rumbo. No cayó a la tierra. Extrañamente se elevó más allá del cielo que lo contenía, de la gravedad, del núcleo de hierro que esconde la tierra. No hay magnetismo posible para el aire. El viento no se mueve por sentirse atraído. Sólo se mueve.

En este sentido, el planeador nunca debería caer. Si su ritmo es el del viento, si de eso se alimenta, el aterrizaje no tiene razones para existir. Avanzar, crecer. Avanzar con las corrientes atmosféricas que se separan del cielo y se desvanecen entre los astros.  Crecer en silencio, para no ser sorprendido mirando el sol.