Icaromenipo, bienvenido

Icaromenipo, me expliqué a mi mismo los asuntos del viaje, de la vida que desborda, de las grullas que explican, de mis brazos. Comprendí la lectura que inquieta, el cuerpo que reclama y el tiempo que es escaso. Las grullas que vigilan y los momentos de vigilia.
El viaje, entonces, no se dirigía a la fijación definitiva. Era, es, utópico. Y la explicación, más cotidiana por cierto, señalaba que para la vida a través del espacio era necesario detenerse en los asteroides para cargar hidrógeno, energía. Adopté estos consejos.
Tener una casa con suelo momentáneo, que flote sin órbita, que se estrelle para expandirse. Andar entre las rocas, sentarse en ellas, observar las galaxias que están debajo de los pies. Saltar.
Preguntarse: ¿Hay lugares donde no penetren los rayos de algún sol? Quizás, pero lo cierto es que los rayos solares siempre presionan.
Sin embargo, el viaje debe continuar. El hidrógeno que empapa los asteroides es energía, vida, fecundidad. Se gasta, entonces, en mi y yo me gasto en él.
Sigo mi camino hacia los confines que se expanden. La energía centrífuga. Quizás me vean pasar por otras latitudes. No obstante, me encuentro en otro lugar, avanzando. Lectura de Jean-Marie Guyau, donde según mi parecer no se trata, nuevamente, del Mar Mediterráneo, sino del universo mismo:

Qué dulce es poder arrojarse sin pesar alguno,
Ser libre, ver el horizonte sonreírnos,
Sin volver la cabeza, y decirse:
¡Vivir, es avanzar!

Avanzar